Hoy desperté.
El sol brilla blanco, duro, frío. La luz que me baña hace
que la piel grite. Gritos agónicos inaudibles. La luz me sofoca. La luz me
oprime. La luz me encierra dentro de mi propio cuerpo.
Respiro. Camino aunque los pies pesan. Las plantas sangran
pero no duelen. No hay rastro de sangre sobre el pavimento: se niega a
recibirla. Ningún uso tiene mi sangre. Los dioses oscuros no aceptan ofrendas,
sólo las arrebatan.
No puedo detenerme. No quiero detenerme. Él me persigue. Me
observa desde todas partes. Lo siento en la nuca, cuando volteo. Lo siento
aunque la luz ilumine todo y no lo vea. Él sabe que sé que me sigue y se
regocija en ello. Sabe que la tierra no quiere mi sangre. Sabe que estoy
maldito y que por eso le pertenezco.
Él llegó a mí sin que yo lo buscara. Nadie me advirtió que
me busca. Nadie me advirtió que me perseguiría. Nadie dijo que le pertenezco ni
que vendría a reclamarme. Yo nunca lo negué. Nunca lo evité. Jamás supe que
existía.
Miento. Siempre lo supe mas nunca quise darme cuenta que él
estaba ahí. A cada paso, a cada respiración. Desde que fui creado le
pertenezco. No por omisión, no por sacrificio. Le pertenezco simplemente por
existir. Él no es mi amo pero tiene control sobre mí. Un control que, a veces,
me hace creer que es mío. Todo es mentira. Yo soy una mentira. Lo que veo, lo
que toco, lo que huelo, lo que siento. Todo lo provoca él. Quiere confundirme y
sabe que puede lograrlo. Frente a él soy nada si bien él sabe que no lo es
todo.
Dirigí mi vida, la que yo creía que era mía. Le di molde y
seguí los argumentos que yo creía válidos. Participé. Defendí mis acciones. Me refugié
en creencias fútiles, banales, insubstanciales. Luego ocurriste. Me di a ti. Fue
tuya mi mente, mis acciones, mi cuerpo, mi pensamiento. Fui tuyo y abandoné lo
que creí mío. Todo lo que soy fue tuyo. Tú nunca pudiste verlo. Y si lo viste,
fue desde lejos. Estabas tan lejos.
Yo caí. Nunca dejé de caer. Ese pozo de oscuridad me
tragaba. Comencé a resistir pero el abandono me llenó. Tocó cada parte de lo
que me da forma. Se aferró de cada pared en mi mente. Cerró cada puerta, cada
ventana. Todo era ese manto fusco. Yo te veía en la ausencia de luz y te vi
cual realmente eres. Sentí asco. Luego el asco se volvió contra mí mismo. Por creer
en ti. Por querer lo infértil, lo irreal.
Choqué contra el fondo. Mi cuerpo se quebró. Yací en el
vacío contemplando lo exterior. Y así permanecí.
Pasó un silencio eterno. Olvidado ya lo que fui, mi
consciencia chilló. Un grito nuevo. De angustia, de desesperación, de asombro,
desatado. Libre. Ese grito recorrió los despojos que eran mi existencia. Lo electrizó.
Los hizo sentir. Sentir. Fui consciente. Fui consciente. Supe que estaba en el
fondo. Supe que ese no era mi lugar. Supe que podría seguir cayendo. Tuve miedo
de volver a ser. Y de nuevo fui.
Sin embargo cambié. No renací: decidí. Lo que alguna vez fui
no soy. No seré. Él vino a buscarme y yo tomé su mano. Te dejé en ese abismo. Te
arranqué de mí hasta que fuiste mugre en la nada. Fui lo que soy y él me mostró
lo que podría ser. Supe que tenía que salir y supe que podría. Paredes eternas,
sin lugar para asirse. Perdí las uñas al clavar los dedos en la tierra. Mis dedos
sangraron y los dioses tomaron mi sangre. Me aferré y continué subiendo. No me
detuve. Mi cuerpo pesaba. Mis dedos no respondían. Yo seguí montando y cuando
llegué al exterior todo me deslumbró. Él me tendió los brazos y me sostuvo. Estuve
fuera. Fui yo. Conocí lo que fui en ese instante. Lloré.
Ahora estoy de pie y él me persigue. No sé cuánto he
caminado. No sé cómo llegué aquí. Él me persigue. La luz me hiere. Estuve lejos
tanto tiempo que ahora me desconoce. Sangro pero la tierra no recibe mi sangre.
Doy la vuelta y lo veo. Su existencia incorpórea. Lo veo, lo siento.
Él no me persigue, porque yo no le huyo. No es mi dueño,
porque me rindo ante él. No me domina, porque me abandoné a él. El tiempo me
sacó de ti y ahora amenaza con destruirme. Nunca lo hará, sin embargo. Yo lo
recibo. Él no me persigue ni yo le huyo. Ahora lo veo, ahora lo entiendo. Yo nací
en él. Domino el instante que existo porque soy parte él. No me arrasará ni lo
evitaré. Nos hemos encontrado, la tregua ha terminado. Me ha salvado de ti y
además me ha recompensado. Soy libre para decidir y para actuar. La tierra
rechaza mi sangre, porque ya no soy la víctima. Ya no soy parte de la ofrenda. Me
rebelé y lo acogí. No dormía, pero desperté.
Yo decidí.
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