lunes, 3 de febrero de 2014

Casablanca



Han pasado casi seis años desde que dejamos la Tierra. Por supuesto que en ella ha pasado más tiempo. La gente con quien viví, todos a quienes conocí ya no están. Aunque ahora no estoy seguro de que alguna vez estuvieran. Es casi seguro que el lugar donde nací ha cambiado de nombre o incluso no existe más. Creo que nunca existió. No se suponía que seguiríamos fuera tanto tiempo. Debíamos cumplir con la misión y volver. Yo no sabía que llegaríamos a esto. Nunca pensé que me permitiría llegar a esto.

Soy un robot de la Compañía. No podía ser otra cosa. Era todo lo que podía ser y todo lo que se esperaba de mí que fuera. Yo sólo era un par de brazos más. Luego fui un par de manos más. Un par de ojos más. Una mente más. Dicen que si tu mente es buena puedes llegar lejos. Yo de eso no sé. El tiempo pasó y me encontré en una nueva unidad. Luego, sucedió lo de Titán.

Conocí a Mitty. Él era otro como yo, aunque llevaba más tiempo en servicio. Nuestra misión era reparar uno de los receptores en la estación de Titán, que devolvía señales incongruentes. Nada complicado. Nada importante. Por eso nos lo asignaron. Partimos con trayectoria e itinerarios tan conocidos que pasaban invisibles. En una cápsula autosustentable pasamos el tiempo entre el vivero y la sala de proyecciones. Mitty siempre elegía qué ver. A él le daba igual. Su mirada se perdía mientras las imágenes corrían. Yo me maravillaba ante lo que me mostraba. Imágenes de tiempos que no conocí. Historias de gente en situaciones tan ajenas a mí, tan extrañas. Situaciones con resultados inexplicables. Emociones que no comprendía. Hasta que lo hice.

Llegamos a Titán. Conectamos los sistemas y anclamos sobre la estación. Mientras Mitty se dirigió al cuarto de comando, yo me alejé en dirección opuesta. Nunca había estado ahí. Sentí curiosidad. Y eso también fue nuevo. En uno de los camarotes encontré un objeto: uno de esos discos que se usaban antes para almacenar información. Supongo que alguno de los primeros operadores lo olvidó. No pudo haberlo dejado para mí. No pudo. Eso no sucede. Lo oculté en mi traje. No sé por qué lo hice.

Regresé buscando a Mitty y no lo encontré en comando, sino en el cuarto de proyecciones. No veía una de esas películas que llevábamos en la cápsula, sino imágenes del Exterior. De galaxias más allá de la nuestra. De explosiones cegadoras y fuego cósmico. De astros viajando y girando a velocidades demenciales. Su rostro brillaba iluminado por miles de colores, vibrando emulando miles de ondas que no estaban ahí. Su mente vagando a distancias incalculables. Vi su rostro por primera vez. Lo vi por primera vez. Sentí algo nuevo. Una certeza. Mi boca emitió un sonido que de inmediato desprecié: lo vi arrancar a Mitty de una dimensión increíble y devolverlo aquí. A esto que vivimos. A esto que dolemos, porque entonces fue consciente que me dolía. Él no dijo nada pero mi miró desde algo más que la irritación. Como si lo hubiera herido. Como si lo hubiera traicionado. Me pasó de largo y volvió a la cápsula.

Tardé un rato en atreverme a mover. Cuando pude ordenar a mi cuerpo que anduviera, también volví. Lo encontré en el camarote, tumbado sobre la litera superior, dándome la espalda. Cuando me sintió dentro de la habitación se volvió y me miró fijamente. Lo que siguió fue inaudito. Dijo que tomaría la cápsula y partiría. No hacia la Tierra, sino hacia Afuera. Escupió que la serie de acciones que llevábamos a cabo no era vida. Que todo era miseria. Que todo era opaco. Que todo era informe. Que nuestra vida era estéril. Que estábamos encerrados en ese planeta marchito y que ahora podíamos escapar. Nadie nos echaría de menos. Dos autómatas ineficaces. Prescindibles. Ya vendrían otros a tomar nuestro lugar.

Lo comprendí. La amargura, la desolación, la soledad. Conocía lo que él sentía. Yo nunca me atreví a reconocerlo, pero lo sabía. Nunca pensé que tendría una oportunidad. Nunca creí que me lo permitiría. Entonces di el salto. No pensé en las consecuencias, me abandoné a lo que sentía. Extendí el brazo para tomar su mano, pero él la retiró con un gesto rápido. No me miró. De nuevo, tuve una certeza. Entonces salí del camarote y me dirigí a la sala de comando. Desactivé los sistemas de anclado. Levanté las grúas y redirigí los motores de propulsión. Los dirigí hacia Neptuno. Hacia Tritón. Su campo nos enviaría al Exterior. Hacia la nada. Hacia todo. Hacia donde él quería estar. Y yo quería estar con él.



***

   Y así es como llegué a esto. Viajo en una lata hacia ningún lado. Viajo hacia el vacío. Viajo junto a un hombre que no me ama. Yo decidí seguirlo y me até con él a esta tumba. Sí, porque nada es eterno y los sistemas comienzan a fallar. No sé cuánto tiempo nos queda ni qué tan lejos llegaremos. Veo pasar cometas y dejamos atrás uno y otro astro.

A veces, cuando estamos sobre la galería vuelvo a encontrar el rostro de Mitty como aquella primera vez. Me duele verlo contemplar afuera. Me llena verlo contemplar afuera. De aquel lado del cristal todo es infinito. De este lado mi mundo está acabando. Esta cápsula es tan pequeña que no caben el rencor o el arrepentimiento. Es tan inmensa que alberga mi elíseo y mi tártaro. Esto es mi refugio y mi prisión. Esto es mi hogar.

Llevábamos años luz sin hablar cuando me atreví a mostrar el disco a Mitty. Le propuse verlo en el proyector. Cuando leyó el título comenté que una película sobre flores no tendría sentido. Él levantó el rostro y me sonrió. Inició la proyección y, tomándome de la mano, me invitó a tomar asiento. Casablanca.

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