Han pasado
casi seis años desde que dejamos la Tierra. Por supuesto que en ella ha pasado
más tiempo. La gente con quien viví, todos a quienes conocí ya no están. Aunque
ahora no estoy seguro de que alguna vez estuvieran. Es casi seguro que el lugar
donde nací ha cambiado de nombre o incluso no existe más. Creo que nunca
existió. No se suponía que seguiríamos fuera tanto tiempo. Debíamos cumplir con
la misión y volver. Yo no sabía que llegaríamos a esto. Nunca pensé que me
permitiría llegar a esto.
Soy un robot
de la Compañía. No podía ser otra cosa. Era todo lo que podía ser y todo lo que
se esperaba de mí que fuera. Yo sólo era un par de brazos más. Luego fui un par
de manos más. Un par de ojos más. Una mente más. Dicen que si tu mente es buena
puedes llegar lejos. Yo de eso no sé. El tiempo pasó y me encontré en una nueva
unidad. Luego, sucedió lo de Titán.
Conocí a Mitty.
Él era otro como yo, aunque llevaba más tiempo en servicio. Nuestra misión era
reparar uno de los receptores en la estación de Titán, que devolvía señales
incongruentes. Nada complicado. Nada importante. Por eso nos lo asignaron. Partimos
con trayectoria e itinerarios tan conocidos que pasaban invisibles. En una cápsula
autosustentable pasamos el tiempo entre el vivero y la sala de proyecciones. Mitty
siempre elegía qué ver. A él le daba igual. Su mirada se perdía mientras las
imágenes corrían. Yo me maravillaba ante lo que me mostraba. Imágenes de
tiempos que no conocí. Historias de gente en situaciones tan ajenas a mí, tan
extrañas. Situaciones con resultados inexplicables. Emociones que no comprendía.
Hasta que lo hice.
Llegamos a Titán.
Conectamos los sistemas y anclamos sobre la estación. Mientras Mitty se dirigió
al cuarto de comando, yo me alejé en dirección opuesta. Nunca había estado ahí.
Sentí curiosidad. Y eso también fue nuevo. En uno de los camarotes encontré un
objeto: uno de esos discos que se usaban antes para almacenar información. Supongo
que alguno de los primeros operadores lo olvidó. No pudo haberlo dejado para
mí. No pudo. Eso no sucede. Lo oculté en mi traje. No sé por qué lo hice.
Regresé buscando
a Mitty y no lo encontré en comando, sino en el cuarto de proyecciones. No veía
una de esas películas que llevábamos en la cápsula, sino imágenes del Exterior.
De galaxias más allá de la nuestra. De explosiones cegadoras y fuego cósmico. De
astros viajando y girando a velocidades demenciales. Su rostro brillaba iluminado
por miles de colores, vibrando emulando miles de ondas que no estaban ahí. Su mente
vagando a distancias incalculables. Vi su rostro por primera vez. Lo vi por
primera vez. Sentí algo nuevo. Una certeza. Mi boca emitió un sonido que de
inmediato desprecié: lo vi arrancar a Mitty de una dimensión increíble y
devolverlo aquí. A esto que vivimos. A esto que dolemos, porque entonces fue
consciente que me dolía. Él no dijo nada pero mi miró desde algo más que la
irritación. Como si lo hubiera herido. Como si lo hubiera traicionado. Me pasó
de largo y volvió a la cápsula.
Tardé un rato
en atreverme a mover. Cuando pude ordenar a mi cuerpo que anduviera, también volví.
Lo encontré en el camarote, tumbado sobre la litera superior, dándome la
espalda. Cuando me sintió dentro de la habitación se volvió y me miró
fijamente. Lo que siguió fue inaudito. Dijo que tomaría la cápsula y partiría. No
hacia la Tierra, sino hacia Afuera. Escupió que la serie de acciones que
llevábamos a cabo no era vida. Que todo era miseria. Que todo era opaco. Que todo
era informe. Que nuestra vida era estéril. Que estábamos encerrados en ese
planeta marchito y que ahora podíamos escapar. Nadie nos echaría de menos. Dos autómatas
ineficaces. Prescindibles. Ya vendrían otros a tomar nuestro lugar.
Lo comprendí. La
amargura, la desolación, la soledad. Conocía lo que él sentía. Yo nunca me
atreví a reconocerlo, pero lo sabía. Nunca pensé que tendría una oportunidad. Nunca
creí que me lo permitiría. Entonces di el salto. No pensé en las consecuencias,
me abandoné a lo que sentía. Extendí el brazo para tomar su mano, pero él la
retiró con un gesto rápido. No me miró. De nuevo, tuve una certeza. Entonces salí
del camarote y me dirigí a la sala de comando. Desactivé los sistemas de
anclado. Levanté las grúas y redirigí los motores de propulsión. Los dirigí
hacia Neptuno. Hacia Tritón. Su campo nos enviaría al Exterior. Hacia la nada. Hacia
todo. Hacia donde él quería estar. Y yo quería estar con él.
***
Y
así es como llegué a esto. Viajo en una lata hacia ningún lado. Viajo hacia el
vacío. Viajo junto a un hombre que no me ama. Yo decidí seguirlo y me até con
él a esta tumba. Sí, porque nada es eterno y los sistemas comienzan a fallar. No
sé cuánto tiempo nos queda ni qué tan lejos llegaremos. Veo pasar cometas y
dejamos atrás uno y otro astro.
A veces,
cuando estamos sobre la galería vuelvo a encontrar el rostro de Mitty como
aquella primera vez. Me duele verlo contemplar afuera. Me llena verlo
contemplar afuera. De aquel lado del cristal todo es infinito. De este lado mi
mundo está acabando. Esta cápsula es tan pequeña que no caben el rencor o el
arrepentimiento. Es tan inmensa que alberga mi elíseo y mi tártaro. Esto es mi
refugio y mi prisión. Esto es mi hogar.
Llevábamos años
luz sin hablar cuando me atreví a mostrar el disco a Mitty. Le propuse verlo en
el proyector. Cuando leyó el título comenté que una película sobre flores no
tendría sentido. Él levantó el rostro y me sonrió. Inició la proyección y,
tomándome de la mano, me invitó a tomar asiento. Casablanca.
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