lunes, 3 de febrero de 2014

La Verdad os hará libres



Hubo una vez en un pequeño reino lejano cierto rey que gobernaba con justicia y benevolencia. Este personaje acababa de enviudar: le reino entero lloró la muerte de su reina – más aún su único hijo. El tiempo pasó y en cierta ocasión el emperador de un lugar lejano visitó el reino, acompañado de su joven hija y de una rica caravana. Poseedora de la singular belleza de las mujeres del Oriente, la joven cautivó al Rey desde la primera vez que la vio y la pidió como esposa a su padre. El anciano emperador accedió, creyendo que así extendería su influencia al reino del rey viudo.

Así, la Mujer de Oriente se convirtió en la reina. Al principio los súbditos la miraban con asombro: sus facciones exóticas y su andar airoso encandilaban. De esta forma, pocos reparaban en su actitud. Común era que una persona de la realeza tratara al pueblo con distancia de autoridad, pero ella lo hacía más como alejándose de algo que le da asco. El Rey, por supuesto, pensaba que se alejaba del pueblo debido a sus antiguas costumbres, pero ella rechazaba incluso al Príncipe. Su solo deseo era tener el control del reino para anexarlo al imperio de su padre, cuando éste muriera, para enseguida controlar los reinos vecinos y con eso gobernar la mayor parte del mundo conocido.

Las cosas se desarrollaron tranquilamente hasta que el Príncipe tuvo edad para desposarse, según lo planeado por su padre. Su madrastra, en cambio, tenía planes distintos ahora que el Emperador acababa de morir. El Príncipe estaba enamorado de una chica del pueblo, hija del herrero. Una joven sencilla pero de buen corazón que algún día reinaría de la misma forma que lo hiciera su madre, pensaba el Príncipe. Los planes para la boda fueron expuestos por el Rey y cierta noche se celebró una cena para festejar tal evento.

En medio de la celebración nadie notó que la joven novia comía de un fruto extraño, traído de lejos por comanda de la reina como regalo para el príncipe. La chica cayó al piso como  muerta y todos corrieron a ella preocupados y el Rey hizo llamar al médico de la corte. Éste examinó los restos del fruto y determinó que una sustancia desconocida contenida en él era la causa de tal estado. La Reina explicó que eso nunca había pasado en su país – que la reacción se debía a la fragilidad de la joven. El médico explicó que sólo podría hacer un antídoto conociendo la composición de la sustancia; si no lo hacía la Novia moriría en tres días.

          Desesperado, el Príncipe clamó por ayuda y de entre los súbditos presentes una anciana se adelantó. La mujer explicó que sólo había una persona en el reino que podría ayudarlos en esos momentos: el Mago del árbol de roble. Todos en el reino lo creían un mito, pero ella aseguró que una vez fue salvada por él y que sólo él conocía los secretos de la Materia. La anciana dijo que su nieto, aprendiz de mago, lo guiaría, pues ansiaba conocer al mago y aprender sobre la Materia. Así, a la mañana siguiente el Príncipe y el Aprendiz partieron a la búsqueda del Mago llevando una muestra del fruto.

Iniciaron el viaje a pie hacia el Norte, donde las ciénagas limitaban el reino. Atravesarlas era en extremo peligroso, pues los fuegos fatuos perdían a los viajeros. Cruzar el terreno pantanoso a caballo era una locura: les tomó casi un día lograrlo. Ya hacia el anochecer la tierra se iba secando a medida que avanzaban, hasta que la tierra dio paso a paso a la arena. El Aprendiz sugirió seguir avanzando, pues se decía que en la noche la arena ardía. Tras la franja de arena se llegaba a un cañón en cuyo fondo corría un río. Descendieron y siguieron el borde del río, que se encontraba lleno de frondosos árboles.

Se decía que el Mago había decidido recluirse en el tronco hueco de un enorme roble que había crecido tan cerca de la pared del cañón que llegó a crecer en ella. Esto lo hizo para dedicarse a estudiar la Materia y cómo transformarla. El Príncipe y el Aprendiz emprendieron la caminata la mañana siguiente por la orilla del río hasta el lugar donde los árboles parecían ser para ser más grandes. El mayor de ellos era un roble y se encontraba al otro lado del río. Su copa se alcanza a ver desde lo lejos y era más amplia que ninguna otra.

El Aprendiz convocó mágicamente las piedras del río para que formaran un camino sobre el agua y así poder cruzar. Una vez del otro lado, ambos jóvenes se dirigieron hacia el Árbol. Sus raíces era enormes y su tronco muy ancho. Poseía todo el aspecto de un árbol sano – sin embargo estaba muerto. Entre las raíces había un espacio y entraron en él: el tronco del Árbol estaba hueco. El interior era como el de una enorme torre: múltiples plataformas ascendían hacia la copa unidas por un laberinto de escaleras de madera. Éstas parecían ser extensiones del tronco mismo. En lo más alto la copa formaba una cúpula por donde entraba luz solar a través de la multitud de hojas verdes. El lugar estaba lleno de artefactos y de máquinas, de insectos y de plantas, de movimiento y de sonido.

Una voz profunda como un eco interrumpió el espectáculo. Provenía de todas partes y de ningún lado. Preguntaba quién entraba y qué deseaba. El Príncipe se adelantó y explicó la situación. La voz respondió que accedería a ayudar, pero que había un precio por pagar: para salvar a su amada el Príncipe debía entregar su sangre; para obtener conocimiento el Aprendiz entregaría su juventud. El deseo de uno y otro eran tales que aceptaron las condiciones. Hecho este pacto, el Mago apareció ante ellos: una mujer ataviada en un ropaje dorado, con largo cabello rojo ardiente que subía hacia el cielo en ondas. En la mano derecha llevaba una vasija de cristal y en la otra una rosa. Con una de las espinas cortó la mano del Príncipe y recibió su sangre en la vasija. Mientras la sangre brotaba ella explicó que la energía en la sangre de una persona pura de corazón le permitiría activar una de sus creaciones: un mecanismo que permite descomponer las sustancias y comprender su esencia misma.

El Príncipe, agotada sus sangre, cayó inconsciente. El Mago sacó de sus ropas un espejo y lo entregó al Aprendiz. En él el joven vio su juventud escapar a la vez que vio la verdadera cara de todos, incluyendo los planes de la reina y el corazón amante del Príncipe. Viendo esto el Aprendiz ofreció dar él su sangre de modo que su amigo el Príncipe pudiera regresar, salvar a su amada y descubrir a la Reina. Conmovida, el Mago accedió y el Aprendiz le entregó los restos del fruto. Con un gesto de manos ella ascendió a una de las plataformas superiores. De la corteza del Árbol aparecieron brazos de madera, que sujetaron al Aprendiz y lo aprisionaron. La madera creció sobre su cuerpo hasta quedar sólo el relieve de su cuerpo sobre la madera. Se oyó al Mago decir que su cuerpo permanecería atado al Árbol, pero que su esencia vería todo y aprendería, hasta el día que comprendiera la Materia.

Tiempo después el Príncipe despertó, llamado por el Mago. Ésta explicó lo acaecido, al tiempo que extendía su mano al Príncipe con una ampolla. Ella explicó que en ella estaba contenido el antídoto, pues la sangre le permitió determinar la estructura y composición del veneno en el fruto. El Príncipe no pudo evitar sentirse mal por el Aprendiz, a quien quiso por amigo y expresó su doler al Mago. Ella repuso que, en realidad, el Aprendiz obtendría mayor realización y conocimiento de esta forma. Esto alegró al Príncipe, quien se despidió del Mago y salió del Árbol, enviando un adiós al Aprendiz y deseando encontrar de nuevo a tan valioso amigo.

El Príncipe regresó al reino de su padre. Luego de dar el antídoto a su amada, recibirla de nuevo a la vida y dejarla descansar, habló con el Rey y expuso los planes de la Reina. Con mucho dolor en el corazón, el Rey desterró a la Mujer. Ella regresó al Imperio para encontrar la rebelión de los súbditos. Poco después el Imperio se disgregó y ella quedó en el olvido. El Príncipe y su amada se casaron y cuando el Rey murió ambos gobernaron con justicia, llevando al reino a una época de prosperidad. En cuanto al Aprendiz, permaneció dentro del Árbol, junto con el Mago, aprendiendo de ella y esperando el día en que aprendería la Verdad y esta lo haría libre.


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Escribí este relato como tarea para una clase durante la licenciatura. El tema era divulgación de la ciencia a través de los cuentos: composición química de la materia. Yo elegí la forma del cuento clásico. Del 'cuento de hadas', vaya. Se suponía que el profesor publicaría en una revista los mejores cuentos y aunque la gente votó por el mío como uno de los mejores, no pasó a más porque el profesor lo consideró 'demasiado infantil'. Claro, porque todo en ciencias debe ser frío y 'adulto'. Vaya, que el hombre confunde todo: géneros, intenciones, todo. Lo dejo acá no porque yo crea que es buenísimo (¡uf, qué bueno que es!) sino porque ya le habían prometido ser publicado.

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